MATRIMONIO PERFECTO VERSUS AMOR PERFECTO

Vivimos en un mundo saturado de exitismo donde todos parecen correr tras el codiciado trofeo del éxito. Tanto el hombre como la mujer trata de “sobresalir”, de mostrar una “apariencia perfecta” y de haber alcanzado cierto grado de realización personal que les permita reafirmar su yo. Esta urgencia de alcanzar el éxito es evidente en el ámbito deportivo, político, publicitario, empresarial, profesional, educativo y financiero. Y el ámbito matrimonial no es inmune a esta fiebre exitista.

Atrapados en la corriente de este siglo, algunos cónyuges (mayormente los recién casados) se sienten en la obligación de mostrar que se llevan bien, que están viviendo una eterna luna de miel donde todo es perfecto. Sin embargo, esta exigencia de mostrar que tienen un matrimonio perfecto puede llevarlos a la frustración y al agotamiento.

Reconocer que no tenemos un matrimonio perfecto no es una señal de debilidad, sino de madurez. De hecho, deberíamos tratar de evadir a los que hacen alarde de su supuesta perfección. A menudo los que viven fieles al llamado que Dios les ha hecho, en cualquier orden de la vida, son los últimos en saberlo, porque cuanto más se acercan a la luz de Cristo, más ven sus imperfecciones.

Si somos sinceros, debemos admitir que es imposible tener un matrimonio perfecto sin la bendición de Dios. Por más buena voluntad que tengamos o esfuerzo que pongamos para llevar adelante nuestro matrimonio, será en vano si Jesús no ocupa el primer lugar, “porque separados de [Él], nada [podemos] hacer” (Juan 15:5).

Ahora bien, cuando en Mateo 5:48 leemos: “Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”, debemos considerar el contexto del pasaje donde Jesús habla de amar a los enemigos. Por lo tanto, podríamos decir que Él se refiere aquí al “amor perfecto”. Encontramos otra prueba de este concepto en Lucas 6:36, donde Jesús lo expresa al decir: “Sed, pues, misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. No se trata de ser perfectos, porque “no hay justo [perfecto], ni aun uno” (Romanos 3:10); sino de imitar a Aquel que nunca cometió pecado (1 Pedro 2:22), como bien pidió el apóstol Pablo a los corintios: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo (1 Corintios 11:1).

Entonces, ¿a qué perfección matrimonial debemos aspirar? Al amor perfecto. ¿Cómo es este amor? “El amor es paciente y bondadoso. El amor no es celoso ni fanfarrón ni orgulloso ni ofensivo. No exige que las cosas se hagan a su manera. No se irrita ni lleva un registro de las ofensas recibidas. No se alegra de la injusticia sino que se alegra cuando la verdad triunfa. El amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia” (1 Corintios 13:4–7 NTV). Cabe aquí preguntarnos ¿Amamos a nuestro cónyuge de esta manera?

El amor perfecto también se demuestra en la disposición a obedecer a Dios. “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). ¿Te resulta gravosa la obediencia? Considera sus beneficios. Dios no nos pide que obedezcamos sus mandamientos para que nos vaya mal y seamos desdichados; sino para que nos vaya bien, nos sintamos realizados y seamos felices en esta tierra. “¡Oh, si siempre tuvieran un corazón así, si estuvieran dispuestos a temerme y a obedecer todos mis mandatos! Entonces siempre les iría bien a ellos y a sus descendientes” (Deuteronomio 5:29 NTV).

De modo que no te desanimes si tu matrimonio dista mucho de ser perfecto, pero tampoco pretendas vivir una falsa realidad. No es vergonzoso reconocer que nuestro matrimonio no es lo que esperábamos. El mismo Pablo reconoció ante los Filipenses que no había logrado la perfección, sino que iba rumbo a ella por medio de Cristo. Lee tú mismo sus palabras: “No quiero decir que ya haya logrado estas cosas ni que ya haya alcanzado la perfección; pero sigo adelante a fin de hacer mía esa perfección para la cual Cristo Jesús primeramente me hizo suyo. No, amados hermanos, no lo he logrado, pero me concentro únicamente en esto: olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante, y así avanzo hasta llegar al final de la carrera para recibir el premio celestial al cual Dios nos llama por medio de Cristo Jesús (Filipenses 3:12-14 NTV).

Finalmente, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que Dios no busca matrimonios perfectos, sino hombres y mujeres dispuestos a amar a su cónyuge como Dios los ama. Hombres y mujeres dispuestos a obedecer fielmente los mandatos divinos para que les vaya bien sobre la tierra, con la certeza de que Dios los “lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús” (2 Corintios 2:14).

Rosa Pugliese