EL ARTE DE LA COMUNICACIÓN EN EL MATRIMONIO

Por Ritchie y Rosa Pugliese

“Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará” (Proverbios 24:3).

Por más increíble que parezca, en esta época donde existen tantos medios de comunicación, los seres humanos parecemos estar cada vez más incomunicados. Esta tendencia afecta, sin lugar a dudas, a todas las relaciones interpersonales. Y el matrimonio no es la excepción.

Aprender y desarrollar el arte de la comunicación es absolutamente indispensable si deseamos tener una relación matrimonial exitosa. Quizás algunos piensen que ese problema no les toca, o tal vez reconozcan que no tienen una buena comunicación en su matrimonio. Sea cual sea tu situación matrimonial, nunca está demás autoevaluarse y considerar estos tres enemigos de la buena comunicación conyugal.

1. La falta de diálogo
Aquí nos encontramos con el “cónyuge mudo”. Es una persona muy reservada y ama el silencio. Le cuesta hablar y expresar lo que siente o, simplemente, no considera importante contarle a su cónyuge cómo le fue en el trabajo, qué pasó durante el día o “¡que invitó a una familia amiga a cenar esa noche!”. Estos cónyuges viven enfrascados en su mundo y pierden de vista la necesidad de un diálogo sincero, franco y respetuoso con su pareja. Todo matrimonio necesita momentos de quietud y silencio para encontrarse con ellos mismos, pero cuando ese silencio se hace una costumbre, sin darse cuenta, puede empezar a producirse un distanciamiento entre los cónyuges hasta que finalmente la relación termina por resquebrajarse.
“Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene” (Proverbios 25:11).

2. El diálogo negativo
Aquí encontramos a los cónyuges que discuten todo el tiempo o los “cónyuges boxeadores”. Para estos cónyuges la única manera de hablar es quejarse, rezongar y discutir; un combo explosivo que termina, infaliblemente, en una pelea. No hay conversación en la que no se agredan verbalmente y se digan palabras hirientes, ofensivas y degradantes. Estos cónyuges no han entendido la importancia del buen diálogo en paz y armonía, con respeto por la opinión del otro. Todo cónyuge sabio aprenderá a diferir con su pareja. ¿Cuál es el problema de pensar, opinar o actuar de manera diferente? Todos podemos opinar distinto, pero no por eso vamos a discutir y pelear con todos.

El esposo y la esposa deben aprender a disentir en amor y respeto por el otro. Cada uno debe escuchar al otro y aceptar su opinión, aunque no la comparta. No hay nada de malo en decirle a nuestro cónyuge: “Mira, entiendo lo que dices. Pero yo no pienso lo mismo que tú, yo veo las cosas con otra perspectiva”. Cuando cada uno escucha al otro y ambos aceptan sus diferencias en amor, fluye el buen diálogo, que es el mejor antídoto contra los rencores que amargan el alma e infectan la relación.
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:6).

3. El exceso de diálogo
Este punto podría parecer absurdo, pero en realidad no lo es. Aquí encontramos al cónyuge que habla todo el tiempo o al “cónyuge loro”. Este es el que habla sin parar y termina por cansar al otro. Este cónyuge no habla por el bien de la comunicación en el matrimonio, sino porque no soporta estar en silencio en ninguna circunstancia, ni a la hora de comer, ni cuando viajan en el auto, ni cuando miran un programa de televisión. Muchas veces, hay una causa natural para este comportamiento, como en el caso de la mujer que estuvo sola en su casa todo el día y ni bien llega su marido lo recibe con un informe detallado de las cuentas a pagar, las travesuras de los niños, la gotera del techo, el perro del vecino que no deja de ladrar, etc., etc.

También encontramos el caso del hombre que quiere tener siempre la última palabra. No tolera que su mujer le marque un error o le haga un comentario sobre su actitud. Y siempre saca la espada aguda de su lengua con una respuesta que refuta todo lo que le dijo su mujer. No hay manera de que se calle y medite en silencio en lo que acaba de decirle ella. Podríamos seguir enumerando ejemplos, pero solo voy a mencionar el último: aquí encontramos al hombre o la mujer que cuando ve que su cónyuge hizo algo mal, no tarda en decirle “¡Te lo dije! ¡Si me hicieras caso! Siempre haces lo mismo. ¿Cuándo vas a aprender?…” y podría seguir “taladrando” el oído de su cónyuge durante una hora ininterrumpida. Aquí estamos ante un exceso de diálogo, y ningún exceso termina bien. La pregunta que amerita aquí es cuándo hablar y cuándo callar.
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora… tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Eclesiastés 3:1–7).

Como vemos, la comunicación matrimonial es un arte… que debemos aprender si queremos fortalecer nuestra relación matrimonial.

Después de leer este artículo, podrías pensar que es muy difícil aprender a comunicarse en el matrimonio. Sin embargo, todo se resume en un importante aspecto de la vida matrimonial: la amistad. Deberíamos aprender del bello diálogo entre el esposo (el rey) y su esposa (la sulamita), que componen el Cantar de los Cantares del rey Salomón.

Te animo a leerlo todo, pero solo quiero resaltar cómo trata el esposo a su amada y viceversa: “amiga… amigo”.
“Es la voz de mi amado que llama: Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía… Su paladar, dulcísimo, y todo él codiciable. Tal es mi amado, tal es mi amigo”. Cantares 5: 2,16.