CUANDO EL AMOR NO ALCANZA

Por Ritchie y Rosa Pugliese
La palabra “amor” es una de las más usadas en la familia, la sociedad, la literatura e incluso explotada en el mundo del espectáculo y el cine. Sin embargo, es una de las que más se malinterpretan, especialmente, en la relación entre un hombre y una mujer.

Cuando comenzamos una relación de noviazgo afirmamos “estar enamorados”. Cuando nos referimos a las relaciones sexuales, decimos comúnmente “hacer el amor”. Cuando expresamos nuestros sentimientos por otra persona decimos “amarla”.

Nuestra sociedad ha delimitado el amor a la esfera sexual, pasional y sentimental. Este es el amor natural, que responde a los sentidos. El problema con este amor es que no tiene raíces profundas y no pueden sostener una relación en el tiempo. Por eso vemos hoy que quienes, en un principio, decían amarse apasionadamente, hoy se separan y hasta llegan a odiarse. ¡Y ni mencionar, la violencia de género!

Edificar una relación matrimonial sobre la base exclusiva del amor natural puede funcionar bien por algún tiempo… mientras responda a los sentidos. Pero cuando el paso del tiempo y los problemas de la vida apaguen el sentimiento —y a todas las parejas les sucederá en alguna etapa de la vida—, también se apagará el amor que una vez se declaraban ardientemente.

Por eso es indispensable edificar el matrimonio sobre el fundamento del amor sobrenatural de Dios. La Biblia dice en Romanos 5:5: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”, cuando le entregamos nuestra vida a Cristo y lo aceptamos como nuestro Señor y Salvador.

Solo el amor de Dios sostiene el amor natural o sentimental y ayuda a los cónyuges a permanecer juntos a pesar de sus diferencias.

Solo este amor sobrenatural nos ayuda a respetar al otro, a buscar el bien del otro, a actuar con paciencia y misericordia ante los errores, fallas y debilidades del otro, a ser compasivos, a ser de un mismo sentir, en fin, a cumplir los deberes conyugales con mansedumbre (1 Pedro 3:1–7, 1 Corintios 7:3–5).

De modo que la felicidad matrimonial no está determinada por el amor, compuesto solo de emociones, atracción y deseo, que propone la sociedad en la que vivimos y que solo busca la satisfacción personal. Sino por el “amor sobrenatural de Dios”, que enriquece cada faceta de nuestra vida, incluso la sexual, pasional y sentimental y fortalece el vínculo de unión entre los cónyuges.

En conclusión, tener un matrimonio sano, feliz y duradero dependerá de la disposición de cada cónyuge a vivir los principios establecidos en la Palabra de Dios y a respetar el pacto de unión y fidelidad “hasta que la muerte nos separe” hecho en el altar; no como una obligación y una pesada carga, sino al comprobar que la enseñanza de Eclesiastés 4:9–12 (RVC) es verdad y una realidad en nuestra vida: “Dos son mejor que uno, porque sacan más provecho de sus afanes. Si uno de ellos se tropieza, el otro lo levanta.
¡Pero ay de aquel que tropieza y no hay quien lo levante! Si dos se acuestan juntos, mutuamente se calientan; pero uno solo no puede calentarse. Uno solo puede ser vencido, pero dos presentan resistencia. El cordón de tres hilos no se rompe fácilmente”.

Estimado amigo, nuestro amor natural es un hilo delgado que puede romperse fácilmente ante la más mínima presión que ejerzan las dificultades y el estrés de la vida. Pero cuando el hilo de cada cónyuge está entrelazado con el hilo resistente de Dios se forma un cordón imposible de romper que fortalece el amor conyugal.

Para terminar, te animamos a orar así:
Padre celestial, te ruego que en este día me ayudes a no ser un impedimento y a darte el espacio para que el amor sobrenatural de tu Espíritu Santo invada mi vida y mi relación matrimonial. En el nombre de Jesús, amén.